La abuelita de la Lucha Libre

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Siempre presente y a la expectativa de la acción, al filo de la butaca en cada arena capitalina, la señora Virginia Aguilera asistió por 63 años consecutivos a las funciones de la Empresa Mexicana de Lucha Libre (EMLL), hoy Consejo Mundial (CMLL).

Aunque su amor por el pancracio nació en abril de 1934, durante una lucha entre El Caballo Bayo y El Santo, en la Arena Roma-Mérida de Yucatán, doña Virginia disfrutó de sus mejores experiencias en los recintos luchísticos del Valle de México.

En ellos encontró una fascinación inédita que la motivó a acudir de forma constante a las funciones de lucha libre para gozar de su nuevo deporte favorito, en que se decantó por la destreza del bando científico: “Siempre le voy a los técnicos, pero respeto a los rudos, no les aplaudo ni los saludo”.

Su presencia se hizo cada vez más común en las funciones de lucha libre, sobre todo en la Arena Coliseo, donde siempre se sentó en el lugar número uno de la fila principal, en la periferia del ring, junto a su sobrino, un rudo de corazón con quien compartía comentarios y carcajadas.

Con el pasar de las décadas su reconocimiento creció entre aficionados, luchadores y directivos: los niños corrían a abrazarla, los atletas le saludaban con respeto y previo a cada función, don Salvador Lutteroth ya le guardaba el primer boleto disponible en taquilla para que pudiese presenciar el espectáculo.

El arquetipo de la fanática ideal se consolidó durante 1980, en la imagen de Virginia Aguilera, la aficionada que no podía faltar de martes a domingo en la México-Catedral, el Embudo de la Lagunilla o la extinta Pista Revolución: “Voy diario, menos los lunes, porque no hay luchas, (…) si hubiera el lunes también iría”.

El cariño distintivo de las facciones técnica y ruda le llevó a entablar grandes amistades en el gremio, como las de Blue Demon, Mil Máscaras, Huracán Ramírez, Lizmark y El Solitario, quienes al terminar las funciones la regresaban a su casa: “Todos son mis amigos, a todos los quiero como si fueran mis hijos”.

Un caso emblemático de cariño fue el de La Sombra, cuando al perder su máscara frente a Ultramán, luego de un duelo de apuestas efectuado el 24 de julio de 1983 en el Toreo de Cuatro Caminos, esperó a que la señora Virginia ingresara al cuadrilátero para que fuese ella quien revelara su incógnita y le entregara al verdugo lo que algún día simbolizó su máximo tesoro.

Su predilección por Pedro Aguayo Damián “El Perro Aguayo” fue magnánima, pero en su corazón también coexistió un ídolo auténtico: Rodolfo Guzmán Huerta, a quien distinguía como “un santo de fulgores plateados”, ese que le permitió adentrarse al mundo luchístico en la década de los años 30.

El Enmascarado de Plata le regaló una capa, perteneciente a su atuendo original, sin embargo, Doña Vicky se la otorgó más tarde a una joven promesa que no podía costear su vestimenta para luchar. Además, le obsequió una máscara original, firmada con una dedicatoria especial, que hoy es expuesta en el Museo del Objeto del Objeto (MODO).

Con El Santo vivió instantes cumbre, ya que participó en sus películas “Operación 67” y “Las Momias de Guanajuato”, y lo acompañó de manera incondicional, tanto en sus combates de despedida –durante 1982— como el 5 de febrero de 1984, cuando falleció la leyenda. El llanto apremió, pero nunca dejó de entonar el “Santo, Santo, Santo”, ni tampoco “Las Golondrinas”.

En sus últimos años de vida fue reconocida por la Asociación Nacional de Luchadores, Boxeadores y Referees Profesionales de la República Mexicana, en conjunto al Departamento del Distrito Federal por su entrega semanal, apego y amor al deporte, y aún a sus 97 años, jamás perdió el ímpetu por vivirlo de cerca, ya que, deseaba continuar yendo a las arenas.

Así, la señora Virginia Aguilera murió el 10 de mayo de 1997, a causa de un paro cardio-respiratorio, pero lejos de hacerlo entre algodones y aparatos especializados, “La abuelita de la lucha libre” perdió la vida en su cuarto, rodeada de máscaras, cabelleras, fotografías y memorias, como la aficionada más fiel en la historia del pancracio nacional.

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